El Puerto de la Gracia

El puerto de la GRACIA sigue abierto… solo sigue adelante y navega muy atento.


Hola, ¿cómo estás?

Me alegra que estés aquí una vez más.
Seguimos navegando por el mar de la vida, escuchando la voz de nuestro Buen Capitán y Guía.

En estos días he decidido comenzar a reflexionar en la primera carta de Juan, meditando en un solo versículo por día.

El versículo de hoy dice así:

“Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.”
(1 Juan 1:5)

Dios lo ve todo. 
Nada queda oculto para Él. 

No hay oscuridad ni sombra que pueda esconder nuestro pecado, nuestra indiferencia o nuestra rebeldía.
Él es luz pura, santa, sin mezcla, sin engaño.

Mientras meditaba en esto, también estuve leyendo lo que sucedió con Saúl en 1 Samuel 15.

Saúl fue desechado
por su propio pecado.

Aunque Saúl fue escogido por Dios para ser el primer Rey de Israel, luego fue desechado porque eligió desobedecer.

Con esto aprendí algo que me impactó profundamente:

No hay dolor más grande para el Señor que ver a uno de Sus hijos ignorar Su Palabra.
Pero lo peor que un creyente puede hacer es llegar a endurecerse después de haber fallado y no regresar al que tanto amor le ha mostrado.

Saúl desobedeció, y luego se justificó. Trató de maquillar su pecado con excusas y religiosidad vacía.
Samuel, con firmeza, le habla de parte de Dios y le dice:

“Por cuanto tú desechaste la palabra del Señor, Él también te ha desechado.”
(1 Samuel 15:23)

¡Qué triste final!

No solo pecó, sino que se negó a humillarse de verdad.
Y esa dureza lo llevó a perderlo todo.

Arrastrado por el orgullo se apodera de lo que no es suyo.

Es como un marinero que, conociendo la ruta segura, sabiendo lo que el Buen Capitán espera, decide ignorar el mapa, apoderarse del timón, levar anclas y soltar las velas para dejarse llevar por el viento caprichoso de su propio orgullo.

¡Qué peligro fatal! 
Ignorar la voz del Buen Capitán nos lleva al naufragio total.

Si tú lo haces, si te adueñas del Timón y decides controlar el rumbo de la embarcación, te aseguro que serás desplazado, destruido y desechado. Terminarás 
arruinado, amargado, afligido y avergonzado.
si eliges andar por el camino del pecado.

El orgullo, la incredulidad y la desobediencia te hacen actuar con negligencia.

Y en esa ruta… siguiendo ese camino, no hay un buen destino.

Pero...
¡ATENCIÓN, MARINERO!
aquí está el mensaje de ESPERANZA y ALIENTO!! 

El puerto de la Gracia sigue abierto.

Aunque hemos pecado y merecemos ser desechados, el juicio cayó sobre Jesús. Él se hizo cargo de nuestro desastre.

Él es nuestro verdadero Capitán, quien enfrentó la oscuridad en nuestro lugar para que nosotros, los rebeldes, pudiéramos ser perdonados y adoptados como hijos amados

Miren cuan grande amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.
(1 Juan 3:1)

Por lo tanto ahora, si hemos fallado, si hemos perdido el rumbo, podemos gritar:

“¡CAPITÁN, ME EQUIVOQUÉ!”

Lo siento mucho... 
yo sé que pequé
y sé que te fallé... 
¡Oh Señor perdóname!

Y Él no solo nos perdonará, sino que tomará el timón y nos devolverá a la ruta que Él trazó para nosotros. 

Dime... 
¿No es esto algo precioso? ¿No te llena de gozo? 

¿Qué paso podemos dar hoy?

En primer lugar pasemos tiempo escuchando al Capitán. Revisemos nuestro rumbo meditando en Su Palabra.

¿Estamos obedeciendo las instrucciones del Capitán que ya nos ha dejado escritas con toda claridad?

¿O estamos dejándonos llevar por las olas de nuestros vanos deseos?

Marinera o marinero, tú que navegas en este mismo velero:
Si has fallado, no te endurezcas. No seas terco.
Como buen navegante, ajusta las velas y sigue adelante.
Confiesa tu pecado y deja que el Capitán te redirija hacia el puerto que Él ha preparado para ti.

Ya conoces esta promesa llena de esperanza:

“Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.”
(1 Juan 1:9)

¿Qué esperas para doblar tus rodillas y pedir perdón al Capitán?

Un barco no puede evitar las tormentas, pero sí puede prepararse.
Los marineros fieles saben a quién acudir cuando la prueba se desata.
Y todos los que siguen al Buen Capitán aprenden a navegar incluso en las noches más oscuras y en las aguas más duras.

Así es la vida con Cristo:

Aunque el pecado nos amenace, Él nos enseña a corregir el rumbo.
No somos tripulantes solitarios.
Él está en el puente de mando, listo para rescatar a quien se atreva a clamar :
“¡Señor, sálvame!”

Sigamos navegando con los ojos fijos en Su luz.
Y nunca olvides esto:
El puerto de Su gracia todavía está abierto.


Soy Gerwuer, y por ahora aquí me despido, esperando que me acompañes a lo largo de este recorrido.

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